Lugar donde empieza la saga

En un pueblo costero ubicado en un lugar lejano y un tanto olvidado de la península de Nicoya, Costa Rica; vive un pueblo que es un pequeño paraíso. Al este, el Océano Pacífico lo refresca con incesantes olas de cristalinas y tibias aguas de un mar que de lejos se ve turquesa, las cuales caen rendidas una tras otra en las blancas arenas de su espectacular playa que tiene la forma de un cuarto creciente lunar, dejando una estela de conchas y caracoles cuando las aguas se retiran después de haber saciado la sed de las viejas arenas que han conformado aquel Edén.
 
 La playa de más de cien metros de ancho cuando la marea baja, está rodeada de una densa orla de color verde oscuro; formada por el exuberante follaje de una enorme cantidad de almendros con sus hojas verde pálido y tonos dorados, que se entremezclan con el tupido verdor de las hojas de los árboles de espavel; sobresaliendo al azar y de manera cuantiosa, incontables palmeras de todos los tamaños que por su altura, dejan al descubierto sus racimos con abundante cantidad de drupas, perseguidas por los turistas.
 
El pueblo se extiende sobre una franja de tierra de unos cinco kilómetros de largo y dos de ancho que circunda por el oeste un caudaloso río de frescas y mansas aguas. Haciendo en su recorrido una gran cantidad de pozas, quizás más de una docena, donde los lugareños: hombres y mujeres de todas las edades se refrescan en los secos y calientes veranos de la región. El río que desciende de altas montañas del oeste, después de correr paralelo al mar por media decena de kilómetros, da un giro hacia el este, para desembocar en el Pacífico.
 

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Espabeles del Río, un gajito de cielo

Además de la belleza del paisaje, el pueblo y playa Espabeles de Río está poblado por un tipo de gente maravillosa: los guanacastecos. Son personas extraordinarias que se caracterizan por su hospitalidad, por su sencillez, por su honestidad, por el color caramelo de su piel, fruto de años de llevar el sol de largas estaciones de verano y la forma familiar que acogen a todos los visitantes a esta hermosa provincia. 

 

Hombres delgados de ojos castaños y recortados bigotes, tostados por los soles pamperos. Excelentes sabaneros que pueden lazar un toro en plena pampa, buenos para tomar vino de coyol, para la fiesta donde treman las marimbas; pero ante todo, excepcionales amantes desde que son muy jóvenes. No es raro que las morenas guanacastecas se escapen de sus hogares a muy tierna edad en las ancas de un apuesto sabanero y en un ranchito cubierto de hoja de palma real, saciar sus amores.

 

Las mujeres, delgadas en la juventud con el paso de los años se van ensanchando sus cinturas, buenas para moler y hacer tortillas palmeadas en la mano y cocinarlas en comales de barro en cocina de leña. Se dedican a los quehaceres de la casa, cuidando a los chacalines que se divierten en mejengas de fútbol en la playa, que se juegan con la intensidad de una final de campeonato mundial de ese deporte.

 

Casi todo los niños y los jóvenes asisten a la Escuela y al Colegio, ya en esta se empieza a dar las deserciones por diversas razones: les cuesta el estudio, sus padres los necesitan en los trabajos del campo y otro grupo, ya a los 15 las mujeres y a las 17 los varones se juntan a vivir, para dedicarse a ser pescadores, sabaneros, o simplemente labriegos de las haciendas que habitan por doquier en la pampa guanacasteca.



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Sobre el Autor

Eugenio A. Jiménez Barrantes (cc Alejandro Jiménez de Puriscal), nació el 22 de febrero de 1968, en la ciudad de Santiago de Puriscal, provincia de San José, Costa Rica. Es el hijo mayor del matrimonio de Luis A. Jiménez Otárola y Blanca R. Barrantes Fernández, costarricenses por nacimiento, tiene dos hermanos menores: Paulo y Rocío Jiménez Barrantes.

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